(Foto: EFE/Antonio Lacerda)

En el año 2012 la revista Forbes lo clasificó como la séptima fortuna en el mundo. Por ese entonces tenía un patrimonio de 30.000 millones de dólares.

Hoy Eike Batista se encuentra con un presente que lo lleva a la cárcel condenado por la justicia a cumplir con 30 años tras las rejas.

La crisis económica y la operación Lava jato terminaron con su ascendente carrera como empresario. Primero fueron sus empresas, y después su accionar corrupto lo pusieron al borde del precipicio al cual se cayó.

Batista fue declarado culpable de pagar 16,5 millones de dólares en sobornos al entonces gobernador de Rio de Janeiro Sergio Cabral, para obtener ventajas en contratos con el estado.

En el pico de su influencia, Batista se autodenominaba un empresario filántropo. Donó patrulleros a la policía de Rio, invirtió en la renovación de hoteles y ayudó a limpiar el lago para los Juegos Olímpicos de 2016.

La actualidad lo llevó también a ser investigado  por lavado de dinero y ocultamiento de 100 millones de dólares en cuentas bancarias en el extranjero. Pasado y presente para otro empresario más en un Brasil que no termina de destapar una enquistada corrupción.

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