La Unión Cívica Radical, enfrenta políticamente una intrascendencia de la que no puede salir.

El partido fundado en 1891, por Leandro N Alem, atraviesa hoy, una de las situaciones internas y externas más terminales, desde el peso específico de sus principales figuras, una representatividad de la que no puede sentir el orgullo de otras épocas.

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Osvaldo Menendez

Ese peso específico como elemento determinante para un partido, tiene variantes de acuerdo a las circunstancias que la realidad vaya marcando y a las necesidades que esta realidad requiera desde lo político, de su apoyo o no, para que tal o cual hecho tenga fundamentos y espaldas anchas para imponerlo en la agenda de consideración de la actividad política y social.

El comienzo de la pendiente tiene algunas fechas destacables, una de ellas podría remontarse a cuando presentada la precandidatura presidencial de Storani, y con la posibilidad de acuerdos de éste con Carlos “Chacho” Álvarez y José Octavio Bordón en lo que daba en llamar el “espíritu del Molino”, la mayoría de la dirigencia radical respaldó a Horacio Massaccesi -gobernador de la Provincia de Río Negro- y vicepresidente del Comité Nacional de la UCR, como una opción para evitar que Storani ganara el liderazgo partidario y eventualmente forzara un acuerdo con los dirigentes que finalmente conformaron el Frepaso.

La candidatura presidencial de Massaccesi supuso de antemano lo que ningún radical sabía que podía digerir y sin embargo el vaticinio se cumplió. Una estrepitosa derrota para la UCR, que en las elecciones generales del 14 de mayo de 1995 obtuvo el 17% de los votos, quedando relegado al tercer lugar, debajo de los candidatos del Frepaso. En 2001 se presentó ante la jueza que pidió su desafuero. Cuando salió del juzgado recibió pedradas y huevazos.

El gobierno de Fernando De la Rúa recorrió un camino con muchos palos en la rueda, una economía que nunca terminó de afirmarse, un gabinete con desacuerdos que llevaron a un enfrentamiento con su vicepresidente, Carlos Alberto “Chacho” Álvarez, y que provocó la renuncia indeclinable de éste, con las consecuencias de dejar al gobierno de “chupete” rengo y con las conspiraciones palaciegas de su propio partido y del justicialismo.

No son pocos los que afirman que el 20 de diciembre del 2001, cuando el helicóptero se llevó al entonces presidente radical desde las terrazas de la Casa Rosada,- precedido de enfrentamientos que regaron de sangre el país con 27 muertos- ese momento tristemente histórico, fue el comienzo del final de la fuerza centenaria. La frase: “con el helicóptero, De la Rúa se llevó puesto al radicalismo” desde entonces las cicatrices aún no han curado y, lo que es peor, no aparece en el horizonte alguien que se cargue el equipo al hombro y lo saque de un ostracismo al cual han colaborado muchos.

Hoy, y después de una elección, -primaria pero que sirvió de testeo para el gobierno – en donde la ciudadanía decidió respaldar su gestión sin pensar por primera vez con el bolsillo, la UCR siente que está como socio político, pero que no participa. Algunos ya no se consuelan con pensar que en algunas provincias el “anémico aparato” colaboró para la victoria en las urnas, sino que el reconocimiento público por parte del Ejecutivo es débil, de compromiso y no está a la altura de los que ellos creen merecer.

Más de una vez, los legisladores correligionarios fueron cautos al expresar que el radicalismo no busca ser protagonista ni ocupar con sus gente cargos de preponderancia dentro del gabinete y allegados. Mentira piadosa, algo más que los distingue dentro de su organigrama democrático y que los ha llevado a ser convencionales en su reuniones a nivel nacional, pero en donde no siempre se llegó a un entendimiento con el apoyo generalizado.

El radicalismo hoy navega a la deriva y sin lugar en mesas chicas, sin participación en las decisiones importantes, acompaña pero no interpreta, ha llegado la hora de replantearse que, desde Alfonsín, el carisma, la verba de tribuna, el líder que enamora, el que se enoja y termina dando cátedra de frases exactas, no aparece un “distinto”.

La política actual parece quedarle grande, las divisiones inferiores no le aportan un goleador, el peronismo disgregado y sin identidad propia es un espejo en el cual le cuesta mirarse, el problema pareciera ser que quien se lo sostiene es Leopoldo Moreau, y con él, la imagen aparece totalmente distorsionada-