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Los códigos de la verdad

Semanas después de iniciada la infame invasión de Rusia a Ucrania aterricé en Londres. Un viaje de diez días que me llevó a recorrer la capital del Reino Unido, Edimburgo y Glasgow.

Mis hijos (son niños) estaban preocupados por mi visita a Inglaterra y Escocia por la guerra y yo estaba totalmente exaltado por conocer esa isla, con la que tenemos algunos, tanta distancia, tanto resquemor y una profunda admiración.

Llegué sin otro objetivo más que escudriñar su cultura, sus valores Le puse especial atención a los detalles, el estilo, los gestos, las miradas y hasta el volumen de la voz.


En pocos días me encontré en los claustros de la London School of Economics y de la Universidad de Glasgow, minuciosos espacios de estudio, ciencia e investigación pero como en la vida urbana que proponen Londres y Glasgow, todo facilita el acceso a quienes se proponen tales fines.


A lo largo de esos días de visita y caminando mucho pero mucho, aproximadamente 20 km por día de manera desordenada tal como es la traza urbana de Londres y deslumbrante como fascinante la arquitectura de Edimburgo y Glasgow. De día, de noche y, hasta de madrugada. Una experiencia conmovedora.


Sin embargo, lo verdaderamente relevante es como nos invadió una certeza: la libertad como derecho. Puedo afirmar que, desenvolviéndonos como turistas, nos encontramos con la primera de las virtudes de la idiosincrasia anglosajona. La libertad se materializa en un dineral de señaléticas que indican como llegar a donde uno quiera ir. Todo destino posible está expresamente indicado. Garantizando la accesibilidad al destino. Hasta el pago correspondiente a los servicios de transporte público representa un trámite. Se paga todo, subte, tren, bus o aviones con tarjeta de crédito.


El libre tránsito es respetado, la respetuosa distancia entre personas es una regla. El respeto por el espacio propio trae aparejado el respeto del espacio del otro. Desde ahí se ramifica a otros aspectos de la vida.

The National Gallery, en Londes, es un destino muy elegido para las excursiones de los colegios.


En el pub “The Crown” (en Seven Dials en el Camden Town) nos servían cerveza en unas coquetas pintas. Después de la tercera ronda de pintas, los vasos ya eran un objeto de deseo sórdido, surgió el la correcta actitud “las pedimos” y así fue como la verdad apareció protagonizando un pintoresco regalo para estos turistas.


Mientras caminábamos un poco desorientados, fantásticamente y al doblar una esquina apareció el palacio de Buckingham, estaba la guardia escocesa protagonizando en el patio interno una formación y posterior desfile. Lo filmé y ya en Argentina apareció otro dato revelador. Me cuentan familiares militares al ver el video del desfile de la guardia escocesa un detalle: La GE marcha sin estandartes de su regimiento ya que lo perdieron en Malvinas a manos de la Armada Argentina y asumen con hidalguía que la perdieron en combate y no la poseen, tampoco se reemplaza. Nuevamente lady verdad.


Ya volviendo de Glasgow y Edimburgo a Londres donde por apuro, para no perder el tren, nos subimos con la idea de pagar arriba aunque en este caso no ocurrió y bajamos en nuestro destino. Pero ya habíamos entendido que la verdad resolvía todos los problemas. Encaramos a los operarios detrás de los molinetes, les contamos que no habíamos podido pagar por apuro y que esperamos al guardia del tren para hacerlo en el viaje y que este nunca pasó. Finalmente, les preguntamos donde podíamos pagar. Se miraron, nos abrieron los molinetes y comentaron que la responsabilidad de
cobrar es de ellos.


Para que la verdad sea de común circulación tiene que haber una sociedad que sepa qué hacer con ella.


La verdad posibilita respuestas acotadas, limita la punibilidad de lo incorrecto, releva las incorrecciones e interpela nuestra estructura individual y colectiva pero sobre todo evita trastornos.


Mientras me tomo una Coca Cola en Buenos Aires al valor de una libra “blue”.

Por Omar Avendaño